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1984, el presente que George Orwell temió

Corría el año 1949. Hacía cuatro años ya que se había concluido uno de los acontecimientos más importantes y devastadores de nuestra historia: la Segunda Guerra Mundial. Ese mismo año, George Orwell publicaba Nineteen Eighty-Four, o como se lo conoce en español 1984. La ficción literaria parodia la realidad pasada pero, ¿guarda similitudes con la realidad actual? 

Tal vez alguno pensará, con cierta dosis de ingenuidad que, habiendo sobrevivido a aquella época, el futuro imaginado por Orwell no podía ser peor, o al menos tan malo como el pasado reciente, y sin embargo se estaría equivocando. 

El futuro  —hoy pasado— planteado en esta novela es una visión distópica y algo caricaturizada de un mundo que Orwell supo prever. Esta visión tan desesperanzadora de la sociedad moderna, no es otra cosa, a priori, que una satirización de dos movimientos ideológicos, políticos y económicos, que tuvieron su crecimiento y auge desde finales del siglo XIX y primera década del XX, hasta derivar en la ya mencionada guerra.

Estas ideologías no son otras que el Fascismo y el Comunismo. No resulta difícil encontrar similitudes tanto en las ideas del «Partido», el gobierno de la Oceanía ficticia, con el Comunismo Soviético, como en las similitudes físicas que presenta su gobernador, el Hermano Mayor — ¿Recuerda al Gran Hermano? — con Iósif Stalin

¿Anticipo de lo que vendrá?

También podríamos trazar paralelismos entre la SS (Policía Nazi) de Hitler y la temible Policía del Pensamiento, pero no es intención de este articulo diseccionar el contenido del libro, sino más bien señalar las similitudes y semejanzas que aquel futuro imaginado por Orwell tiene con nuestro presente, a comienzos de 2019. Y es que este relato constituye también, un escalofriante anticipo de lo que vendría.

Una de las primeras cosas que llama la atención al comenzar la novela, es la siniestra preponderancia que tienen en los hogares y centros públicos de Londres las llamadas «telepantallas». Estos artefactos, no son otra cosa que televisores, una tecnología que para la época en que las describe Orwell, era apenas incipiente.

Sin embargo, en la ficción, dichos trastos no sólo cumplen la función de adoctrinamiento y manipulación masiva de la opinión, sino también la todavía más inquietante función de controlar de manera activa y explícita a los habitantes de Oceanía. Para empeorar las cosas, dichos artefactos no pueden ser apagados ni puestos en mudo.

Esta vigilancia permanente tal vez podría haber sonado ridícula en la década del 50. Sin embargo, con los actuales smart tv y las cada vez más certeras sospechas de espionaje por parte del gobierno, sustentadas en gran medida tras las filtraciones de Julian Assange y Edward Snowden, cabe preguntarnos si esto ya está sucediendo. 

No obstante, en el libro, las telepantallas son fijas, y se las puede evadir saliendo de su radio de visión. En la actualidad, llevamos una de ellas a todos lados, en nuestro bolsillo, en la cartera, en nuestra mesita de noche.

Vigilados

Sí, la realidad ha superado a la ficción. Se nos ha convencido que los smartphone son el milagro del siglo XXI. Se nos ha dado la posibilidad de hiperconectarnos, mas sin advertirnos que, a su vez, entregamos todo atisbo de privacidad a manos ajenas.

Lo todavía más siniestro es que estos artefactos no se nos han impuesto, no en sentido directo, los hemos adoptado, a voluntad y deseosos, muchas veces bajo el lema «no tengo nada que ocultar».

¿Cómo consiguió esto el Poder? La respuesta es clara: la sociedad posmoderna ha sustituido a los viejos ídolos bíblicos por el culto cada vez más compulsivo al objeto, y por consiguiente, al consumo.

El marketing no es otra cosa que la ciencia casi exacta de convencernos de que necesitamos indispensablemente tal o cual objeto, experiencia o sentimiento. Ha conseguido imponer lo que en 1984 sólo era posible a través del miedo. Hoy aquello es codiciado fervorosamente por las masas.

Tal vez resulte paranoica esta afirmación. Tal vez, entonces, resulte útil ponerlo en boca de Nick Rockefeller: “el objetivo final es tener a todo el mundo con un chip, controlar a la sociedad entera para que los banqueros y la élite mundial puedan controlar el planeta.»

Control y élite

«Si alguien quiere protestar sobre lo que hacemos, o quiere violar nuestras reglas, entonces sólo apagamos sus chips y ya está. Y todavía mejor sería que en lugar de hacerlo por la fuerza, sean ellos quienes lo pidan». Estas palabras fueron pronunciadas en una supuesta conversación de Rockefeller con su amigo y cineasta Aaron Russo, quien más tarde las revelaría, poco antes de morir de cáncer. No hace falta aclarar que la familia Rockefeller es una de las que está detrás del verdadero poder, un poder constituido en las sombras, por una élite de banqueros que controlan no sólo multitud de empresas, sino también la Reserva Federal norteamericana, aquella que decide prácticamente la economía mundial.

Las telepantallas, sin embargo, sólo representan en la ficción orwelleana, uno de los mecanismos ideados por el Partido para tener un control absoluto del conocimiento, de la historia, y por consiguiente del pasado; entendiendo que el control sobre el presente sólo puede ser una consecuencia lógica de ello.

Manipulación

El Partido por medio del Ministerio de la Verdad (exquisita paradoja) manipula, falsifica y tergiversa todo hecho histórico en función de la realidad conveniente al momento, eliminando de cualquier registro, que no sea la memoria del individuo, cualquier atisbo de contraposición a la verdad impuesta.

Los dirigentes del Partido han entendido que la historia, en algún punto cuando sus testigos han muerto o han sido silenciados, sólo pasa a ser conocible por medio de los libros, el arte y la cultura. Y si controlas éstos, controlas la historia.

Orwell diría: «en España vi por primera vez noticias que no tenían ninguna relación con los hechos. Que la noticia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino de lo que tenía que haber ocurrido según las distintas «líneas de partido»».

En la actualidad, la sociedad, víctima de la vorágine de la vida posmoderna, consume y da por sentada cualquier supuesta verdad pregonada por los medios de comunicación. La absorbe y la repite, sin detenerse a pensar en los intereses ocultos de dichos medios.

Tal vez sería conveniente aclarar que los principales grupos periodísticos pertenecen a un decreciente número de dueños, que tienden a concentrarlos y que responden siempre al Poder operante en nuestra realidad. Por consiguiente, la verdad ya no es lo que realmente sucede, sino lo que conviene. 

En la misma línea que Orwell, el filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard llegaría a afirmar que «la Guerra del Golfo no ha tenido lugar», en referencia también a la espectacularización y mediatización de los hechos, una hiperrrealidad destinada a sugestionar al gran público. En 1984, podríamos recordar Los Dos Minutos del Odio. Una vez más, las semejanzas aparecen.

La guerra

En la Londres de Orwell cada cierto tiempo, y de manera ocasional, caen bombas lanzadas por el enemigo que matan a un sin número de personas. No olvidemos que en 1984, la guerra es una constante, nunca acaba, es siempre necesaria, y el enemigo es la representación más absoluta e incuestionable del mal.

La guerra entonces es el instrumento que -se nos explicará más adelante- le sirve al Partido para controlar los excesos de producción, y por consiguiente justificar la escasez. También sirve para exacerbar el estado de odio permanente de la población, volviendo así necesarias todas las políticas y mecanismos de control impuestos.

Imagina dos aviones impactando contra el máximo icono de tu ciudad, o un bus estallando en tu barrio, o un camión arrollando gente en una peatonal cercana.

Imagina a todos los medios, a tu gobierno, a tu presidente, repetir hasta el hartazgo que el culpable es el de enfrente, y que amenaza tu libertad, si no se la combate. En la sociedad actual, no son necesarias las bombas, porque el poder occidental supo encontrar una figura más eficaz para imponer el temor y justificar así la barbarie, se la conoce como terrorismo.

Luego del mundo bipolar producto de la posguerra y causante de la Guerra Fría, y una vez caído el muro de Berlín, fue evidente que el enemigo ya no podía seguir siendo el comunismo. Occidente decidió fabricar uno nuevo.

Paralelismo actual

Cabe recordar que George W. Bush en uno de sus discursos, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, proclamaría al mundo que «la libertad y el miedo, la justicia y la crueldad han estado siempre en guerra y sé que Dios no es neutral entre ellas». Para Bush, Dios está de parte de América, y el Mal en su enemigo. No existen grises ni intermedios, al igual que en el libro de Orwell.

Tal como ocurre con la Hermandad, el supuesto antagonista que el Partido inventa. Estados Unidos ha creado, y ya en varias ocasiones, el monstruo al que es preciso combatir. Osama Bin Laden y Al Qaeda surgieron originalmente como brazo armado local de la Central de Inteligencia Americana (CIA) en su guerra contra la Unión Soviética en Afganistán.

Y el Estado Islámico se ha visto nutrido y fortalecido por grupos insurgentes formados en Libia, y financiados también por la CIA, con el fin de derrocar a Muamar Gadafi, y posteriormente a Al-Ásad en Siria. 

Curiosamente, estos grupos luego terminaron siendo el terror de occidente, y el justificativo ideal para promulgar la nefasta «Acta Patriótica», una ley norteamericana que le da carta blanca al gobierno para efectuar el arresto de cualquier supuesto sospechoso de terrorismo en suelo norteamericano. Si es necesario se pasa por encima de los derechos constitucionales y humanos, y sin necesidad de enjuiciamiento.

Centros de detención clandestinos como Guantánamo guardan semejanzas con la Policía del Pensamiento y el Ministerio del Amor (tortura), o al menos no resultan muy ajenos entre sí.

El Poder es así. Nos necesita sumisos, tontos, entretenidos y enajenados, de manera que pueda controlar y convencer de que no existe otra forma de vivir que la que se ha impuesto, y que es un deber defenderla.

Que te sientas observado e intimidado no es otra cosa que el intento por evitar que seas distinto, independiente y crítico. Dichas cosas te convertirían automáticamente en un loco, o lo que es peor, un incontrolable. Y es a esas personas a las que se aísla,  al igual que en la ficción, se han de eliminar. 

Como puede observarse en estos ejemplos, las semejanzas entre una distopía presumiblemente ficticia -la sátira de una Rusia comunista durante los tiempos de Stalin- y la sagacidad que George Orwell tuvo para distinguir, tempranamente, los mecanismos de poder que habían sido descubiertos durante las últimas décadas, junto a la evolución en el futuro que tales tendrían, convierten a 1984 en una obra cumbre del siglo XX, de necesaria lectura.

Paradójicamente, el común de la gente apenas ha oído hablar del autor y su obra. No obstante, si lo que se quiere es comprender la naturaleza del mundo actual en que vivimos, y al que presumiblemente vamos, va siendo hora de abrir los ojos y despertar, porque Orwell nos advirtió de él.

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