
El albañal, un relato de Eduardo Viladés
Escrito por Eduardo Viladés
Relato ganador del Primer Premio del reciente Certamen de Literatura Breve de la Unión Nacional de Escritores de España.
Uno nunca sabe lo que puede hacer hasta que lo hace, hasta que un pequeño detalle pone patas arriba todo lo demás, hasta que un desconocido te dice en medio de la calle que estás tirando tu vida por la borda. Supongo que mi exceso de libertad ha sido el salvoconducto para soportar el dolor y el tósigo que me rodea cuando me cruzo con mentecatos que piensan que mi hermano Paco debería estar encerrado en una urna. Me dan ganas de mearles encima o graparles la boca, quizá acudir con ellos al retiro espiritual del fin de semana en el que se rasgan las vestiduras por el amor que profesan al prójimo y declaman embebecidos una encíclica del Concilio Vaticano II pensando en el seminarista que se trajinan en el sótano o las bragas tendidas de la vecina. Estoy muy cansado de vivir rodeado de mansos de apariencia e hijos de puta de corazón que han institucionalizado la ponzoña como su carta de presentación. Conmigo, que hagan lo que quieran. A Paco, ni tocarle.
Parece que estamos muy avanzados en diversas materias, pero en el campo de la salud mental aún queda mucho por hacer, por mucho que vayamos de modernos y lo aderecemos con frases de Vicente Ferrer. No vale el sentimentalismo ni la compasión. Tampoco lleva a ninguna parte encontrarse con mi hermano por la Gran Vía de Bilbao y hablarle como si fuese un bebé en su carrito. El tono de voz alto, las muecas grandilocuentes y el caramelo de menta de marca blanca se los pasa Enrique por el arco del triunfo. Tiene casi 40 años, antes que toda esa mierda preferiría un gin-tonic o un poco de tina. ¿Es el amor una profesión en desuso? En esta ciudad que vaga sin rumbo, deberíamos revitalizar algo tan sencillo como lo que hace Paco todos los días: mirar hacia dentro de nosotros mismos y dejarnos llevar. Porque la sabiduría del corazón, germen de la auténtica universidad de la vida, reside en nuestro interior. Sólo hay que ponerse a buscarla, como hace mi hermano, y veremos cómo podemos dar una lección magistral con un puñado de besos, perseverancia y un poquito de escucha.
Hace unos años fui el maestro ceremonias en la presentación de un documental llamado “1% esquizofrenia”, auspiciado por Julio Médem. Se celebró en un centro de convenciones que ya ha desaparecido por la corrupción urbanística de la parte Oeste de la ría. Tomaba su nombre a partir del dato de que el 1% de la población mundial desarrollará alguna forma de esquizofrenia a lo largo de su vida, unos 52 millones de personas. De hecho, cada año se diagnostican entre 15 y 30 nuevos casos por cada 100.000 habitantes. En España el 0,7% de la población está diagnosticada con esquizofrenia. Recuerdo que Médem explicó que había abandonado la psiquiatría por el cine ante su incapacidad para curar al paciente aquejado de una enfermedad mental. El cine, para él, era una vía de escape. En mi caso, el arte se ha convertido en mi refugio, con dos vertientes: la narrativa y la composición periodística. Gracias a mis textos literarios me evado al país de nunca jamás, un lugar sin estigmas donde no existe el sufrimiento y donde la muerte se erige como una segunda oportunidad. Cuando mi inquieta mente está a punto de olvidar el mundo de los vivos, mis artículos periodísticos hacen que regrese a la realidad para combatirla y denunciar lo mucho que todavía queda por hacer para lograr la normalización de las personas con algún tipo de discapacidad mental. Escribir sobre el mundo es mucho más fácil que vivir en él.
Paco siempre ha estado presente en mis crónicas como un ángel de la guarda que se posaba en mi hombro y me enseñaba el camino correcto. Llamar loco, perturbado o desequilibrado a un enfermo mental. Subrayar el estado de una persona afectada por esta problemática para crear un texto amarillista sin fundamento alguno. Mezclar sin ningún tipo de conocimiento varios tipos de patologías. Y, lo que no deja de ser terrible, optar por la compasión para hablar de personas con sentimientos. De todo me he encontrado en mi andadura profesional. Y él me ha ayudado en todo momento, hasta el punto de que le pedía que leyese alguna de mis crónicas para calibrar su punto de vista y que no se sintiera ofendido ni herido por mis afirmaciones. En la prensa española hay mucho chisgarabís que tortura las palabras hasta hacerles confesar significados que no tienen; justo eso hacen con la salud mental. No tenemos derecho a una opinión, sino a una opinión informada en medio de la barahúnda de afirmaciones baratas y sin sentido que buscan enternecer de modo gratuito.
Mi hermano vive en las inmediaciones del parque de Doña Casilda. Cuando mi padre vivía se relajaba contemplando a los patos y echándoles palomitas o migas de pan. Ahora va menos al parque porque echa de menos a papá y dice que se entristece al recordarle. De lunes a viernes acude a una asociación de salud mental y durante ocho horas hace manualidades con sus compañeros. También realiza abrazaderas y hasta aprende a coser. Una vez al año va de vacaciones a la costa mediterránea.
Cómo puede cambiarte la vida de la noche a la mañana, ¿verdad? Incluso en una ciudad que consideramos avanzada y desarrollada como Bilbao. No importa. El estigma, si existe, está dentro de nosotros. Es necesario que los demás lo acepten y lo normalicen… Un día te levantas y te das cuenta de que todo aquello que has sido en tu vida, a quien has amado, tus ideas, tus valores, tu dignidad como persona, tu autoestima, tus más profundas tribulaciones han desaparecido. Te sientes solo, con varios yoes tratando de devorarte sin que seas capaz de defenderte porque forman parte de ti. Tu entorno no entiende lo que te está pasando, pero no les queda más remedio que aceptarlo porque te quieren y te necesitan. Supongo que eso fue lo que le pasó a mi hermano. Es diferente pero, ¿quién no lo es? A aquellas personas que ponen por bandera de su vida la normalidad y la existencia plana mi hermano les hace ser conscientes de que ser especial es un grado del que ellas carecen. 450 millones de personas en todo el mundo se ven afectadas por una enfermedad mental, neurológica o conductual que dificulta gravemente su vida. Se me pone la carne de gallina cuando echo la vista atrás y pienso que hace apenas 30 años las personas con discapacidad mental eran recluidas en lugares inhóspitos alejados de la sociedad. Mi madre suele hablar de un centro que existía a las afueras de Bilbao al que ni siquiera podía llegarse con transporte público. Incluso los taxistas se negaban a conducir hasta allí. La atención estaba centrada en los manicomios, grandes estructuras con muros alejados de las ciudades, donde no había tratamientos ni terapias adecuadas. Eran grandes sacos donde cabía de todo, lugares de contención del loco.
Paco tiene prácticamente 40 años, lo que acabo de narrar sucedió hace sólo tres décadas, ¿dónde habría terminado si no hubiera contado con una buena red familiar? ¿No eran los sabios quienes recorrían los caminos que hacían los locos? Quizá sea la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca… Envidio mucho a mi hermano, no deja nada al albur. Yo siento nostalgia de cosas que no he hecho todavía, nostalgia que se convierte en rabia cuando soy consciente de que no las haré por miedo y porque no soy capaz de explorar más allá de los límites seguros de mi existencia. Él no tiene ese temor, se tira a la piscina aunque no haya agua, qué más da, su existencia no tiene límites, bastante putada es ser como es. Sí, que nadie se escandalice, ha nacido marcado y morirá marcado, al igual que yo, me encantaría que fuese normal. Me da igual que alguien me recrimine por emplear la palabra normal, en estos tiempos de corrección lingüística basada en conceptos absurdos yo defino a mi hermano como me da la gana y mi vida sería mucho más fácil si no existiese. Sí, lo sería, mucho más, no os podéis hacer una idea. En la adolescencia desee su muerte muchas veces, odiaba a mis padres porque le trataban mejor que a mí. Yo era un despojo y él, la estrella. Esto hizo que la desdicha se convirtiese en mi estado natural, de hecho en todos los recuerdos de mi infancia huele a tristeza y a roña. En la edad adulta ese olor a mugre se convirtió en podredumbre, una costra llena de bilis a la que sólo pueden acceder unos pocos. Pero me gusta, quienes somos infelices encontramos cierta paz en la infelicidad, parece que guardamos una recóndita fidelidad a la desgracia, puede que sea una añagaza defensiva de nuestra psique. Es posible que mucha gente no entienda esto, no me interesáis, volved a la escuela, las personas felices no me motivan, mienten, no me las creo, no quiero sonrisas, dadme lágrimas, no quiero luz, quiero sombra, no quiero despertares, quiero tumbas. Y es que nadie puede imaginarse los esfuerzos que hago diariamente para levantarme de la cama. Me desperezo y veo que sigo vivo, tengo que vivir otro día más. ¿Existen personas que no se despiertan llorando? De todos modos, la fatalidad te obliga a replantearte las cosas y, de repente, aprendes de ella, uno se fortalece, se ríe a la cara de la coluvie que te rodea y te cagas en ella… Bueno, basta por hoy, suficientes pensamientos íntimos para este inconexo relato.
El otro día, cuando estaba desayunando, mi hermano se levantó somnoliento, con las legañas aún pegadas y arrastrando las zapatillas de estar por casa. Me encantaba verle así, tan natural. Tras servirse un vaso de leche caliente, me contó que había tenido una pesadilla muy extraña.
—¿Sabes? He soñado que era normal— me dijo con expresión mohína.
—Tienes suerte de haberlo soñado y no serlo— le respondí guiñándole el ojo y lanzándole un beso de buenos días.
Esa noche, tras acurrucarle en la cama y darle un beso, me quedé mirándole durante un largo rato. Visualicé mi funeral, un pensamiento recurrente desde la infancia. No había nadie, el sepulturero escupía encima del ataúd, incluso Paco y mi madre habían acudido obligados al camposanto. Me observé en el espejo; tenía los ojos marchitos, apagados, ojos de aquel que siente que ha dejado más camino atrás del que tiene por delante, de quien ha quemado todas sus ilusiones, de quien no tiene posibilidades. Me invadió un escalofrío. Sin mí y sin mi madre, a quien le quedaba poco tiempo, la vida de mi hermano sería un infierno… Llega un momento en el que despertar sin esperanza se hace muy duro y hay que cortar por lo sano sin pensar en nada, tan sólo en el acogedor vacío y la calidez de la nada que supone el atardecer. Espero que Paco sobreviva porque yo no puedo más.
Fundido en negro


