Narrativa

Vajes y encuentros, un relato de Fernán Correale

Escrito por Fernán Correale González

“PENSÁNDOLO DESPUÉS —en la calle, en un tren, cruzando campos—
todo eso hubiera parecido absurdo, pero un teatro no es más que
un pacto con el absurdo, su ejercicio eficaz y lujoso”.

Julio Cortázar

Ciro Rótterdam está viajando, viaja en micro en busca de una mujer que no sabe si va a encontrar. No sabe si estará disponible, pero la imagina, creando una familia, teniendo hijos. Ella estudia y vive con la familia, él vive con Fernando Pattinson en una buhardilla en Villa Crespo. Dirige sus pasos hacia el sur. Vuelve a la nieve, a la mansedumbre de los bosques, que a partir de los vientos elisios dibujan poemas en el crepitar de las hojas. Recuerda, intenta no recordar. Pero siempre están ahí, acechando, como fantasmas. Las mujeres con las que ha vivido, sin casa, o alquilando pequeños departamentos, con cervezas Andes sin refrigerar. La vida, dice, es una sucesión de mujeres. Es la búsqueda de la mujer. Uno viaja para conocer a una mujer o para olvidarla. No recuerda cómo empezó a escribir ni por qué, pero sí recuerda cómo escribía en hojas rayadas cuando era adolescente, tendría unos dieciséis años, historias siempre en tercera persona, pero que lo implicaban en los más hondo. Después con el tiempo, y con la gramática, dándole vueltas en la cabeza, empezó lentamente avanzando línea por línea, primero quince, sin poder terminar siquiera una carilla. Después dos páginas, pero no lograba desarrollar los personajes, hacer que traccionen en la historia, le faltaba, lo que se dice, imaginación y poder de lenguaje, hasta que pudo o creyó poder, y desde ahí que no paró de preformar la realidad a su antojo o eso imagina.

Porque la historia no importa tanto, sino cómo es contada. Por ejemplo, un niño que roba unas naranjas en La Plata y es perseguido por el verdulero, huye y termina escondiéndose en una calle transversal con las dos naranjas. Una es para su hermana menor, a ella le va bien en el colegio y necesita vitamina C. La otra es para él, que no puede ir al colegio y tiene que juntar cartones con su hermano mayor y pedir monedas en el subte rapeando acerca de lo mal que está el país y contando una historia onírica sobre la muerte del presidente devorado por sus cuatro o cinco perros clonados. El pueblo festeja. Al fin, hubo, justicia poética y el nene lo repite, repite esas dos palabras oídas al pasar o leídas en un quiosco de revistas, donde está Mafalda y Fontanarrosa. Porque aprendió a leer, y tuvo que dejar la escuela, porque lee lo que está tirado en la calle y el tejido social, al estar en el último eslabón. Pero tienen una casa, humilde, con una mesa y un velador, ahí, todo el tiempo, su hermana menor estudia, y aprende, y consigue buenas notas y trabajar y sacarlos de la indigencia, y el niño, el nene, ya hecho un hombre, decide terminar el secundario con el plan fines y se pone una verdulería.

Ciro Rótterdam pide un café y enciende el primer cigarrillo de la mañana mirando cómo las palomas se acomodan una por una en medio del cable en una danza estática, siempre. Hay una que cae, pero, antes de tocar el suelo, levanta vuelo y se va a lugares inusitados en busca quizás de alimento o de un espacio para dormir. Descansan las alas, le dice Ciro al mozo, como yo descanso un poco, aunque tengo treinta años, pero el cansancio se siente como si fueran setenta. Parece entonado Ciro, pero no toma alcohol hace tres años, salvo en escasas excepciones.

El mozo hace una señal imperceptible, como dejando un mensaje cifrado en el aire y da una vuelta mirando hacia las otras mesas o quizás a la nada misma o al vagabundo que duerme plácidamente en la esquina y enfila para la barra donde lo esperan el fajinador y unas cuantas copas que seguirá lustrando por puro deporte, por agobio.

Un perro da tres vueltas, casi como si copiara a Miguel, el mozo, y recuesta su cuerpo al lado del vagabundo y al instante duerme y piensa en alguna vagabunda que no le dio pelota o en alguna pelota que perdió en el camino.

Ciro quisiera estar en la playa, pero no puede escapar de la ciudad, quizás nunca llegue a escapar, no importan las condiciones, por mucho que deteste y a la vez le fascine esa mórbida ciudad gris que ofrece olor a meo y luces parisinas al mismo tiempo, o donde un Mercedes aparca al lado de un tacho de basura que una linyera cagó porque no tiene ni siquiera un baño químico.

La vida es extraña. Tampoco es que piense demasiado en eso. Un niño pasa en bicicleta. Lo imagina repartiendo el periódico. Quisiera vivir en el siglo XIX cuando las luces no asfixiaban. Nunca pierde el norte, aunque vaya de un lado al otro, de un oxímoron a otro, y pueda sostener múltiples conversaciones con diferentes amigos y amigas que saben del tema de la cultura y de la psiquiatría, también neuróticos y paranoicos. Oyó hace poco que la palabra neurótico estaba en desuso, a veces, por no decir siempre, las modas hacen mal. Él siempre leyó la palabra neurótico, o paranoico, en la literatura y la seguirá usando por cuidado o pleitesía a la tradición que ya encarnó como una uña en derredor de sus huesos.

Otra vez tiene los labios secos y la piel reseca de tanta nicotina, pero no puede parar con su danza, su danza diabólica de ser un poeta maldito, como le dicen sus amigos, que se parece a Edgar Allan Poe, por las entradas y porque seguramente vivirá poco. Es un extremo. Un extremista. Ha tenido mil y unas experiencias. No está orgulloso de ello. Simplemente pasaron por su vida sin que se diera cuenta. Ciro, antes, le daba importancia a la gramática, detenía sus iris en cada renglón buscando la palabra justa. Ahora deja que el cerebro divague, digiera cada ruido ambiente, por ejemplo, el sonido de las máquinas, siempre con un tabaco en los labios, a veces encendido, a veces, apagado. Quiere parecerse a Saer, o a Piglia en la forma de narrar, pero es errático. No tiene un plan ni núcleo mental que lo acompañen, sólo nudos y la boca pastosa. Como si hubiera ingerido Borato de Sodio. Casi que no siente el gusto al café, la lengua la tiene parchada, al menos llenas de raras manchas invisibles. Pero toma café todo el tiempo y fuma y no come fruta.

Así y todo, está sano y tiene treinta años y le dan menos, quizás veintitrés a pesar de sus entradas. Ha leído como un animal desde los dieciséis años, ha escrito relatos autobiográficos que no estaban tan mal, en tercera persona, siempre. Lo observo, tomando un café, desde la mesa de enfrente, cómo arquea la espalda para adelante y escribe yéndose a mundo ignotos. Escribiendo versos sobre la ciudad. Sobre el entorno, aunque le falle la memoria, aunque siempre escriba lo mismo. Hace bien el olvido. Y siempre, dice Ciro, estamos rescribiendo el mismo texto.

No hay acción en la vida de él, casi que no pasa nada y, está a gusto, como si lo hubiera buscado, como si hubiera escogido el gusto justo de halado y con eso estuviera bien. La dulce melodía de la repetición. Tiene un amigo pianista con el que habla de literatura. Le dice Gandini. Él sabe todos los trucos de Piglia, entonces ensayan una ópera en cada encuentro. Pero nada llega a puerto. Es un discurrir de la consciencia entre cenizas que agolpan el cenicero. Las mozas lo quieren porque es callado y respetuoso, pasa desapercibido. Aunque tiene, cierto atractivo, por la velocidad de sus palabras. La capacidad de asociar dos ideas diferentes a la vez y dejarlas volando en el aire como frases invisibles, que ve dibujadas, cual haikus.

Una de las mozas llamada Cecilia ha estado con él, han subido al departamento de dos ambientes rodeados de libros en Villa Crespo. Va al bar de la esquina y de tanto ir ganó una pretendiente que nunca llegará a ser su novia porque no cree en las relaciones, porque las mujeres se cansan antes, porque es demasiado introspectivo. No le deprime la soledad. No le deprime volver a leer el mismo libro una y otra vez intentando encontrar joyas. Sabe que es su venganza contra el capitalismo.

Cecilia es experta en pastelería, tiene unas manitos rápidas y precisas con las cuales hace unos budines de zanahoria que son la locura y cookies con chispas de chocolate. A veces, cuando Ciro está encerrado en su departamento sin poder salir porque está obsesionado con alguna historia ella toca el timbre, Ciro le abre directamente sin preguntar quién es y ella sube, la puerta está abierta, huele a tabaco y a cactus regados, huele a jazmines, porque tiene algunas plantas, varias macetas con boldo, tilo, cedrón, que riega religiosamente, y ella apoya en la mesa algún souvenir.

Prepara unos mates y charlan de algún escrito, o de lo que dijo algún cliente, no hablan mucho, pero sí lo justo.

El pasado es oscuro como un bloque de hielo sumergido en la noche, las metáforas son pobres, como pobre fue Ciro, sin elección ni castigo, eso lo hizo fuerte y leer como nadie en las bibliotecas públicas, siguiendo los pasos de Bolaño, salvo que él si terminó el secundario y no tiene obra publicada. No es que esté siempre comparándose, sino que toma ejemplos, otros los deja en el camino, como en esas novelas donde van dejando autos tirados porque ya son chatarra y cumplieron su ciclo. Piensa en Hoteles y en Bien de frontera. Concentra su mirada en el muro, dibuja calaveras.

Agarra pintura y mancha toda la pared, a lo Dalí, a lo Caravaggio. Pinta una medusa gigante con pelos rubios, piensa en su abuela, cuando la vio en la clínica. Los pensamientos se agolpan en el lado izquierdo del cerebro y con el lado derecho les va dando forma, como si estuviera moldeando la cerámica o la arcilla. La arena en los pies, ese es su recuerdo más dulce, al lado de una morocha con un culo infernal, él con sus abdominales y los turistas mirando.

Siempre tuvo suerte con las mujeres y estuvo con varias, ya ni las cuenta, pero como siempre dice, no son más que resabios, joyas que van encadenando un collar que no tiene peso simplemente son secuencias mentales que quedan atrapadas por siempre en su inconciente. Habla con el psicólogo, con el psiquiatra, con sus padres, prende, uno tras otro, cigarrillos rubios.

Lee sin parar, toma café como los mejores escritores, como Balzac, suponte. Va hacia el desierto, va en busca de un pueblo tranquilo o simplemente se quedará acá, en la gran ciudad, dando batalla, de una forma estratosférica.

                              Imagen Cortesía: Pixabay