Poesía

Con un canto en los dientes

Una vez tuve un amor que dejaba aquello de quererme para cuando llegaran los buenos tiempos, los suyos.

Los míos eran buenísimos; vivía sin pensar demasiado, y los del mundo radiantes; sin estados de alarma.

Había conciertos en salas minúsculas con el suelo de madera, la barra de madera y las mesas de madera: el cielo en una guitarra española.

Cuando me enamoré de mi amor había bares a millares, abiertos los viernes, con cerveza helada, esperando tú salir de currar: el cielo en espuma.

Había carreteras con curvas para huir de la abarrotada ciudad a dos ruedas: el cielo en un motel de carretera.

Le llamaría ahora mismo y le diría aquello de “¡Cachis! Has dado una cabezada y se te han pasado los buenos tiempos, como si fueran una estación”

Pero bueno… seguro que la culpa sigue siendo del tren: no para en su andén, se retira o se pasa de frenada.

Yo que pensaba (como tú que lees esto) que la vida ya me puso en espera una vez, ¿para qué otra vez?

Con un canto en los dientes, cariño, me daba si esto se queda sólo en no salir en unas semanas.

Quizás no debería volver a suceder, pero sí, sucede. En apenas tres frases de un comunicado oficial podemos perderlo todo.

Y vuelves.

Ya tuve mi verano horrendo, aquel su cáncer, el otro el atropello, ellos lo del incendio y aquella lo chungo del hijo… y ahora que ya estaba, por decreto, a parar.

Sí.

Si no vale una piedra, te pone otra más grande.

La vida vuelve a ponernos en espera, la primera no valió: ni a mí ni a aquel, ni al otro ni a ellos, ni a aquella.

Miremos la piedra, cada uno la suya, yo ya sé lo que hace en mi camino, luego te sigo contando.

-Dime, mi amor: ¿qué vas a hacer ahora?

-Te digo, mi amor que no pienso morirme de esto.

Y paro aquí porque lloro, como el otro día (uno de los buenos tiempos) que estaba en el teatro y Lope de Vega instaba al protagonista a fingir contento como remedio a su mal.

Cito no textualmente, perdón por mi mala memoria y pobre biblioteca.

Ahora, como hombre cuerdo y discreto, sujeto al mal sin remedio de amarla, a fingir contento, gusto y confianza por no dar envidia y dar venganza.

Lope de Vega. El castigo sin venganza

Le deseo a mi amor que para cuando todo esto pase haya sacado algo bueno: el amor no espera a los buenos tiempos, el amor son los buenos tiempos.

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Me llamo Rosa, como mi tía y como a la vez la suya. En la Universidad me decían que era nombre de señora mayor y eso hice, hacerme mayor y escribirlo. Escribo en línea, en elipsis, en redes, en alto y de bruces las más de las veces. Ahora también escribo aquí, en Otras Inquisiciones. Hago listas para deshacerlas, compro mantequilla para no comerla y amo a los hombres que saben a melón, como ellos. Soy más, pero eso ya, que lo cuente ella.

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