Poesía

Del ardor por inatención, por Holberth Cantillo

Dos poemas, como dos escalas de un mismo trayecto. El filósofo cartagenero Holberth Cantillo abre su cuaderno de apuntes para dar al vuelo estos dos caminos que no llevan a ninguna parte.

En la duermevela de la madrugada

Hoy,
en la duermevela de la madrugada,
me inventé una mujer,
pequeña,
abierta,
universitaria,
linda.

Cecilia, la he nombrado.
Cuerpo bien formado, proporcionado,
cabello hasta los hombros, negro, nunca recogido.
Una linda fantasía onírica que,
disipándose con la llegada de la vigilia,
fue comparada con muchas mujeres divinas, reales.

Susana Cecilia, Mónica, la joven carmera, Daniela.
Cecilia vive en una pensión con un lago pequeño,
amplio como las fuentes romanas,
pero sin las figuras mitológicas chorreando agua siempre.
Vive con cinco o séis compañeras de estudio.
Estudian lo mismo, son su séquito,
un coro de las tragedias griegas que se escuchan,
pero no se conocen sus nombres,
no sé cómo llamarlas.

En fin,
llega la mañana,
los pájaros,
mi despertador melódico, tenue, efectivo,
llaman al combate,
y Mary Claudette, que es real,
difumina a la pequeña Cecilia,
porque aunque no me preste atención,
es a la que más quiero,
se parece más a mi idea,
al yo que sabe que quiere con ella.

Del ardor por inatención


Más que frustración
fue esa sensación tan indudable,
tan ardiente,
tan infernal,
tan abrasiva,
lacerante dentro de uno,
que creo todos hemos padecido.

Cuando el gusto por ella se ha fraguado en algo más,
cuando hay una intención de conocer,
de caminar con ella,
de invitarla a comer e ir a playa para enseñarle a nadar.

Porque hay una decisión: tener algo con ella,
de que el gusto germinal se haga un arbusto,
tal vez un jardín.

Pregunto, pregunto, pregunto.
Directamente. De otra manera.
Vuelvo a insistir.
Nunca me da fecha para verle a los ojos,
para probar si el encantamiento sigue o va perdiendo fuelle.

Pero calienta,
hierven las entrañas,
se revuelven los sentimientos,
en su caso por no permitir
que la pueda observar con detenimiento.
Su falta de respuesta da para interpretaciones
y consejos clásicos,
variados,
para qué les cuento.

Empero, esto es como con la hoguera,
si me alejo, renuncio, me congelará el frío;
si quema, si arde, su inatención a mi invitación,
es porque me ha tocado,
me ha llegado,
me encanta…
Puedo asarme cerca de ella,
pero también, debo,
por honestidad,
soportar las llamas para disfrutar de la hoguera juntos,
a buena temperatura.

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