Narrativa

Lectura de mano

— ¿Qué tienes ahí?

—Pásame la servilleta.

—¿No tienes una ya en la mano?

—No me pases nada, deja la agarro yo.

Esta señora ya las está dando.

*

—¿Qué cocinas?

—Ayúdame a partir esa cebolla.

Obedecí. Quería ganármela para saber qué escondía. Si no es una servilleta, es dinero. Unos tres billetes enrollados, sí, caben perfecto.

—¿Ya tiraste la servilleta?

—Están muy grandes los pedazos de cebolla, más finitos, por favor.

Esta señora es más dura que mi madre. Bueno, es su madre. Buena escuela, caray.

*

—¿Las calabazas ya están maduras?

—Prueba esto y dime tú.

¿Cómo? ¿Había respondido parcialmente a mi pregunta? No me dio un sí, pero está dentro del acto de responder. Increíble.

—Está en su punto.

Se quedó callada hasta terminar el último pedazo. Esta señora va a caer.

*

—¿Por qué haces tantas preguntas? ¿De cuándo acá te importa tanto lo que hago?

Interés por mi interés, interesante.

—Porque me di cuenta de que si no estás cocinando o en el jardín cortando fruta o sembrando otra, llevas algo en la mano.

—Luego.

Luego es un lugar, promete la caída. El casco viejo derrumba su primer pared.

*

—Entonces no es una servilleta, ¿verdad?

—Pásame una servilleta.

Giró para verme a los ojos. Me respondió con media sonrisa. Juguemos entonces.

—¿No tienes una ya?

—Si te estoy pidiendo una es porque no tengo.

Respondió.

*

—Pásame la pala que está ahí.

—¿Cómo sabes tanto de agricultura?

—Mira, me estás colmando la paciencia. Estoy a nada de darte un palazo por enfadosa.

—Entonces, dejémonos de señas y dime de una vez qué llevas en la mano.

—No lo traigo, está en mi buró.

—Te propongo algo: déjame adivinar qué es. Voy a ir a tu cuarto a buscar en tu buró, solamente tengo una oportunidad de atinarle, si no lo logro, no vuelvo a preguntar más.

—Trato.

*

—¿Por qué tan calladita? Si ya sabes que soy acumuladora, para que apuestas.

Sonrió victoriosa.

—Estoy pensando.

—No te desgastes, ni le ibas a entender de todos modos.

Espero que ahora sí ya las dé esta señora.

Dos meses después

—Estamos aquí reunidos para conmemorar la vida de esta gran señora Ana Lilia Cárdenas Contreras.

Eso, Contreras, qué bien le había quedado ese apellido. Contreras hasta la tumba. Premio al menor número de preguntas respondidas en toda una vida. Deberían dar premios a los muertos, así los podríamos acomodar mejor.

Entonces sería:

Ana Lilia Cárdenas Contreras, la que respondió menos preguntas en la familia Contreras.

Y no: Ana Lilia Cárdenas Contreras, la hija de la hermana de tu abuela.

—¿Eres Lilia verdad?

—Sí. ¿Y usted?

—Soy Catalina, vieja amiga de tu abuela. Siento mucho tu pérdida. La apreciaba tanto, fue una estupenda amiga.

—Gracias.

—Me hablaba mucho de ti, de cómo te parecías a ella. Tenía miedo que acabaras igual, creyendo en cosas que nomás te llevan a topar con la pared. A volverse parte de la pared, puritita piedra. Ten, me pidió que te diera esto, que lo leyeras en tu cuarto, sola y con calma. Te quería mucho. Son igualitas, caray.

—Gracias.

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