Textos de autor

Nadar en el vacío de la nada

El escritor estadounidense John Cheever creó, en su histórico relato El Nadador, una de las más imborrables críticas a la sociedad de su época y a las encrucijadas del hombre moderno. Aquellas críticas resuenan con una absoluta vigencia en la actualidad. Y es que, dejando de lado el emblema del héroe casi mítico de la novela norteamericana, Cheever desarrolla una figura literaria basada en un hombre insatisfecho que encuentra en la soledad y la rebeldía el único escape a la vida que lleva. Este hombre, ante todo su fracaso, se redime como un antihéroe contemporáneo.

Una mañana de verano, Neddy Merrill, compartía con sus amigos un cálido almuerzo. Al final de la tarde, ávido, decide embarcarse en un viaje, nadando de piscina en piscina, desde la casa donde se encontraba hasta la suya, atravesando todo el condado. Aquí encontramos un Ned feliz, joven y vigoroso. Admira e idealiza las riquezas que le ofrece el nuevo mundo residencial al que pertenece. En ese momento, aparece una gran nube en el oeste anunciando la llegada de una tormenta. Aun así, Ned, viéndose a sí mismo casi como una figura legendaria y omnipotente, denotando un narcisismo propio del ambiente donde vive, decide emprender el recorrido por el suroeste atravesando la tormenta que está por venir.

En el comienzo de su viaje, observa que cada patio cuenta con enormes piscinas donde la gente disfruta, bebe, come y se divierte en fiestas interminables, totalmente abstraídos de la realidad que les rodea, en una absurda y absoluta comodidad. La homogeneidad de sus vidas, de sus casas y de sus lujos, es la característica principal en este primer recorrido. Un supuesto equilibrio que, en verdad, no existe.

A medida que avanza en su recorrido, Ned advierte como los vecinos comienzan a ser más hostiles y ajenos, el agua de las piscinas se va oscureciendo progresivamente y el estado físico y mental del protagonista se va deteriorando en cada parada. Ned se aleja del sueño americano y se ve inmerso en un profundo descenso hacia el fondo de este paraíso superficial y elitista.

El río, los lagos y las lagunas han sido reemplazados por idénticas piscinas en idénticas casas, domesticando el nado de Ned a las reglas sociales y valores morales de la época. Incluso se ve reflejado en su descontento al no poder nadar desnudo. Únicamente podrá hacerlo en la piscina de una residencia alejada del country, perteneciente a una pareja acusada de comunistas y reformistas.

Hay varios momentos del viaje para remarcar y analizar. En una de las residencias, Ned llega a una fiesta. Aquí bebe y tras saludar a unos cuantos invitados se retira sin pena ni gloria. Ya no forma parte de esa gente. Es un extraño y un ignorado, recibiendo silenciosos y fríos saludos de sus vecinos. Por este viaje, pierde su posición social y el favor de sus antiguas amistades.

En la siguiente residencia, no encuentra a nadie, salvo un cartel que prohíbe su entrada. Lo cruza y se baña en absoluta soledad, disfruta de ella, saludando a la incipiente tormenta que está por llegar. Cuando ignora las advertencias que le hubiesen permitido regresar, observamos la condición natural del hombre frente a su propia existencia y la fuerza que lo hace victorioso en la eternidad del tiempo. Ned huye hacia el oscuro e impenetrable bosque, sabiendo que el camino le va a traer destrucción (o la salvación). Completamente alejado de las luces y los bullicios de la tierra prometida, se sumerge en lo desconocido. Consciente de su encrucijada, decide seguir con ella y no volver hacia atrás. La tormenta ha llegado, la abraza y la siente propia. En los grises de las nubes y en el olor a tierra húmeda y hojas secas, encuentra una extraña sensación de paz que no había experimentado desde hacía mucho tiempo. No anhela nada, sólo continuar el viaje desde y hacia su interior. Tampoco sabe dónde lo llevará. Se rinde ante el voraz e impredecible futuro. Se da cuenta que la verdad nunca es suficiente, como un ardiente fuego en la noche más fría del invierno. Lo seguís alimentando mientras nos vamos muriendo y sólo nos calienta en la medida que gritamos y lloramos. La redención no existe. En una epifanía postmoderna y en su deseo de recuperar la intensidad de la vida, Ned continúa con su viaje.

Después de atravesar el frondoso bosque, llega a los Halloran, la pareja acusada de comunistas. Los Halloran viven alejados de la ciudad, fuera de todo sistema y de toda norma. Ella se encuentra desnuda por completo, marcando una clara diferencia con las primeras familias, y pretende revelar una verdad a Ned, contándole lo que ocurrió con su familia. Ante esta revelación, nuestro protagonista hace oídos sordos, la ignora y continúa su camino hacia otras piscinas. Importante destacar este pasaje porque incluso Ned, ya alejado de toda civilización y de todo orden, se niega a escucharla o la escucha pero no quiere creer que sea cierto. Ned, en su condición de ser humano, naturalmente rechaza aquello que lo puede lastimar y que desconoce. Sabe que la verdad nunca basta y que no somos lo suficientemente fuertes para afrontarla.

Después de nadar en algunas piscinas, llega a la casa de su examante Shirley Adams. En el pasado, ella aceptaba sus defectos, pero ahora lo rechaza. En un último intento por redimirse, Ned intenta encontrar en un amor pasado el único refugio posible, pero le ha sido esquivo. A pesar de encontrarse en un viaje sin retorno ni puerto conocido, intenta encontrar asilo en los brazos de otra persona. Ese es su error, la salvación no depende de otro. Ned emerge del agua y llora por primera como no lo había hecho hace años. El deterioro físico y mental que está padeciendo le impide nadar con normalidad en las últimas piscinas. Se resigna y añora una felicidad sin dolores.

Es el final del relato. Ned llega a su casa, no encuentra a nadie. Observa moho en las paredes y en sus propias manos. Su familia ha desaparecido y la tormenta que el mismo decidió atravesar desprendió uno de los caños de desagüe de su antiguo hogar. Ned siente el sabor del vacío de su vida, éste siempre ha estado, sólo que lo había olvidado. Nunca dejó de ser un extraño, inclusive para sí mismo. Desprendiéndose de la comodidad y la armonía de la primera piscina, casi como agua uterina, en la que se siente protegido y “feliz”, Ned emprende un espinoso camino para hallar un simple extracto de la realidad. A pesar de la aflicción que le genera, continúa y completa su viaje.

Él mismo concibe e impulsa su existencia. Es consciente que debe hacerlo y que lo único que tiene para lograrlo es su libertad. Encuentra en la voluntad de elección la antorcha que lo iluminará el resto de sus días. En su afán por encontrar algún tipo de verdad, elige emprender un viaje homérico desde una sórdida felicidad hacia un dolor auténtico. En la soledad de su viaje, Ned se crea, pero antes se destruye, renaciendo en cada piscina.

No se trata sólo de un relato realista, es mucho más profundo. Cheever resume en un día todas las vicisitudes del hombre moderno. El día son meses y años. Caen hojas de otoño en un supuesto verano. Las piscinas no sólo son un espacio físico sino temporal. Ned, representando a la humanidad, emprende un viaje que le deja cicatrices físicas y espirituales. Rechaza la verdad que le revelan como algo divino e incuestionable en innumerables ocasiones. No se conforma con ella, hasta podría decirse que rechaza en cada nado el paraíso que le ofrecen. En este recorrido, es rechazado, ignorado y no encuentra el amor. Ned está incompleto y por eso nada puede ayudarlo. Cada piscina que ha atravesado es una parte de su vida, moldeada en su propia existencia y la de los demás. Su insatisfacción y su malestar metafísico por la realidad de su vida es un eje fundacional de las sociedades actuales, con una plena vigencia a día de hoy. Tiene que atravesar todas las piscinas, experimentando el dolor del propio viaje para poder encontrar, en el vacío de su existencia, la libertad y así poder renacer.

Ned consigue la salvación al llegar a su casa. En el acto de contemplar la naturaleza inmutable del tiempo, reflejada en el deterioro de su antiguo hogar, se percata de su propia existencia. El vacío con el que se encuentra sirve de sustento para proliferar en adelante su propia vida. Esta Ilíada moderna refleja la batalla del hombre contra sí mismo.

Debemos preguntarnos qué es lo que impulsa a Ned directo hacia la tormenta. ¿Es la disconformidad propia de la esencia humana? ¿La disconformidad propia del hombre moderno?

En el comienzo del relato, pareciera ser que nuestro protagonista llevaba una vida plena pero aún así decide emprender un incierto y doloroso camino que lo lleva a recorrer toda su vida en búsqueda de su origen y sólo halla vacío y naturaleza.

Si Ned no hubiera emprendido el viaje, seguramente habría sido más o menos feliz por un tiempo, pero esa felicidad habría carecido de franqueza. Sería quimérica. ¿Es la ilusión de una vida perfecta el renovado opio de los pueblos? ¿Qué verdad prevalece? Ante esta disyuntiva, emerge el antihéroe de Cheever. No nos genera simpatía, sino todo lo contrario. Al principio, actúa por un instinto de superioridad, pero no podemos evitar empatizar con él en el transcurso de su desamparada odisea. No hay ninguna virtud aristotélica para admirar de su personalidad, pero incluso así representa al propio ser humano en su eterna batalla de aceptar su propia existencia. Sentimos compasión por un hombre que sin duda pocas veces sintió compasión. No es un gran hombre digno de ser inmortalizado en páginas de la historia que vivirán en la eternidad. Su viaje es banal y ordinario y nos sentimos identificados con él. Su hazaña es cotidiana y simple. Aquí emerge la humanidad propia de nuestra especie: el deseo voraz y absoluto de vivir y no resignarse. Al reconocer nuestra propia existencia, somos conscientes de que las desgracias y los logros ajenos también pueden ser nuestros. El recorrido de Ned es el viaje de todos.

                         Foto cortesía de SwimSwam 
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Abogado para vivir. Letras, música y cine para intentar encontrar sentido a aquello que no lo tiene.

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